MI EXPERIENCIA EN UN COLEGIO DEL OPUS DEI: “Los colegios mixtos conducen a la homosexualidad y al caos”

julio 10, 2008 at 11:11 am Deja un comentario

Publicado originalemnte en Opuslibros.org

 VER TAMBIÉN: Contradicciones en los Colegios del Opus Dei, por Satur ex numerario dedicado durante 20 años a la captación en los colegios de la Obra 

Las autonomías pueden exigir la educación mixta a los concertados

LA TRAMPA DEL OPUS DEI

Me llamo Juan y os voy a contar mis experiencias en un colegio del Opus Dei donde cursé COU, hace ya algunos años (ocho, concretamente). Los colegios del Opus son fáciles de identificar a primera vista, ya que presentan una serie de características comunes. En primer lugar los alumnos van de uniforme y no son mixtos. ¿Por qué son mixtos?, se preguntará algún lector. Yo me hice la misma pregunta y la respuesta que me dio mi tutor me pareció tan graciosa que la apunté en mi cuaderno. Me dijo:

-“Los colegios mixtos conducen a la homosexualidad y al caos”.

Toda la vida en centros mixtos tan contento y ahora me entero del peligro que corrí porque me podía haber vuelto maricón y anarquista. La verdad es que yo me sentía como una especie de espía infiltrado en aquel colegio, como un tipo de Antena 3 que se mete con su cámara oculta en la casa de un traficante de colmillos de elefante.

Había recibido una educación prácticamente laica hasta 8º de EGB, a pesar de que aquel magnífico colegio dependía de los jesuitas. Después pasé a los Maristas, donde noté un cierto cambio en cuanto a la educación religiosa, si bien es cierto que todo su interés era formar “buenos cristianos y honrados ciudadanos” y de vez en cuando te daban charlas sobre ética y religión. Guardo un recuerdo entrañable de los hermanos maristas, eran unos tipos estupendos.

 

 

Por supuesto no llegaban ni de lejos al extremo orwelliano de los colegios del Opus. Hablando de Orwell creo que el fundador de este tinglado, Monseñorrrr Escribá, había leído “1.984″ y que quería ser como el Gran Hermano. El que haya leído la novela y haya sufrido al Opus lo entenderá. Lo de la Neo Lengua lo copió al pié de la letra… Me parece que me estoy desviando del tema. Voy a seguir hablando del colegio donde cursé COU.

La segunda características de los centros “opusinos” es que el nombre de los mismos casi siempre hace referencia a árboles o castillos y se escribe todo junto. El mío era “Entrepinos”; también estaban el “Altocastillo”, el “Entreolivos”, etc. Estos centros, según se me dijo, estaban “influidos de una forma clara e indirecta por el Opus Dei, aunque no dependían de éste”. Esta forma de jugar con el lenguaje, casi todos los de la Obra usan las mismas expresiones manidas pero paradójicamente efectivas, me resultó muy curiosa. Era casi hipnótico, cuando lo oías una y otra vez (si no venías advertido como yo, claro). Lo vi en las caras de algunos de mis compañeros cuando nos leían cosas de “Monse” como ” ¿Adocenarte tú? ¿Tú…del montón? Si has nacido para caudillo”. La verdad es que este tipo sabe despertar al facha que todos llevamos dentro. Me vuelvo a desviar del tema…También quisiera hablar sobre cómo funcionan los clubs, contar la experiencia de un amigo que acabó de numerario y una anécdota divertidísima que le sucedió a un tío mío con Escribá en la Universidad de Sevilla, pero me parece que lo haré en otra ocasión, porque tampoco quiero escribir un tratado.

Volvamos a los colegios. En el Entrepinos se organizaban periódicamente excursiones y acampadas. Bueno, eso era lo que nos decían, porque luego la mitad del tiempo lo pasábamos reza que te reza. Todo esto, para un ateo libertino como yo, era un auténtico coñazo y una estafa. Se rezaba el rosario machaconamente hasta que te quedabas zombie y el cura nos daba unas charlas que no tenían desperdicio. Como bien ha señalado un periodista en un artículo publicado en esta página, la filosofía de estos siniestros personajillos era un refrito nacional-católico, mezclado con un complejo de inferioridad respecto a los jesuitas, con una dosis de fascismo lamentable, homofobia, racismo, machismo, clasismo e integrismo que aplaudiría cualquier talibán (y permítaseme la expresión). Todo esto viene directamente de la personalidad psicopática de Monseñor Beato Sanjosemaría.

Además de los retiros espirituales disfrazados de excursiones, teníamos la Plática de los Martes, donde uno de los dos curas del colegio nos lanzaba discursitos donde escupía una serie de barbaridades tremendas sin que a nadie le extrañara. Cito algunas a modo de ejemplo, y me dejo muchas en el tintero, para que el que no conozca estos centros se haga una idea:

– “Ahora hablan del paro…¿Sabéis por qué hay paro? Yo os lo diré, porque ahora las mujeres quieren trabajar. La incorporación de la mujer al trabajo es una peligrosa amenaza que hay que atajar por el bien de la economía del país y por el peligro de desintegración de la familia”.

– ” ¿Objetores de conciencia? Vaya panda de vagos…el que no quiere hacer la mili es porque no quiere hacer nada. A la cárcel con todos.”

– “Estoy seguro que todos los socialistas se quemarán en el infierno”.

– “Familia, familia, familia. Orden y disciplina”.

– “Nos dicen que en los clubs vamos a captar gente. Eso es una burda mentira”.

Os podéis imaginar lo que era aquello. No quiero pensar en el efecto que tendrían estas consignas en personas que llevan años en colegios de este tipo. Se crean auténticos fanáticos.

Se me asignó un tutor que era numerario y todas las semanas me tenía que reunir con él. Me preguntaba por los estudios y si iba a misa. Inocente de mí, le dije que la misa no la veía ni en la tele. La charla que me tragué fue de órdago y desde entonces siempre que me preguntaba, le decía que iba más a misa que Pitita Ridruejo (y era más falso que un duro de madera, claro). La verdad es que aquel hombre me caía bien, aunque me parecía que toda esa amabilidad era sospechosa. Una vez le dije que me encanta el cine y me contó que a él también. Me extrañó porque tenía entendido que los opusinos no van al cine (vaya a ser que salga una teta en un trailer). Me contó que lo veía en casa y que tenía un libro muy bueno que le indicaba qué películas había que ver. En aquel entonces acababa de ganar el Oscar “Belle Epoque” y le pregunté si la había visto. La respuesta fue contundente “el libro lo desaconseja, la película es una cerdada”.

También me dijo que estaba convencido de que a “Monse” se le había aparecido “en persona” el Espíritu Santo. Será en paloma, pensé yo. En fin, muy triste escuchar eso de un hombre de ciencias. Me dan pena en el fondo los numerarios. Juegan con el complejo de culpa de la gente y los convierten en borregos al servicio de unas ideas cuanto menos discutibles. El ambiente represivo del colegio era evidente, aunque al parecer solo yo y dos más nos dábamos cuenta, los que veníamos de colegios “normales”.

Ese ambiente represivo, sobre todo en el tema sexual, tenía un efecto contrario al esperado. Recuerdo que una vez, en el autobús, que se paró al lado otro autobús de un colegio de chicas. Me quedé alucinado porque todos se volvieron locos gritándoles cosas, sacando la lengua y alguno hasta les enseñó el culo… Totalmente embrutecidos. La relación con las mujeres no era normal. Yo tenía amigas desde siempre, igual que amigos, pero para ellos eso era poco menos que imposible.

Además, resultaba curioso el flujo continuo de películas pornográficas que circulaba por el colegio. No era normal que en COU todo el mundo se dedicara a intercambiarse pelis porno. Era lógico, todo el día hablando de sexo y al final la gente acababa comiéndose la cabeza. Recuerdo que una vez fui a casa de un compañero de clase con unos amigos. De repente nos preguntó: “¿Qué queréis ver? ¿Español, asiático, alemán, sadomaso?” Se estaba refiriendo a su colección de cine porno. No sé si en todos los centros del Opus se repetía este comportamiento obsesivo – compulsivo por el sexo, pero lo cierto es que en el mío era muy significativo. La censura crea monstruos.

Buñuel explica muy bien en su libro de memorias “Mi último suspiro”, el placer que sentía al pecar porque transgredía la más importante de todas las leyes, la ley de Dios. Sería algo así, supongo. Me estoy metiendo en terrenos pantanosos. En fin, lo que trato de explicar es que si no se tratan ciertos temas de una forma natural acaban convirtiéndose en obsesión.

Como ya he comentado, en el colegio había dos curas. Nosotros los llamábamos “El cura bueno” (el que nos daba las pláticas, imagínense como sería el otro) y “El cura cabrón” (perdón, pero es así como nos referíamos a él). El cura cabrón tenía más peligro que un mono con una cuchilla. A la más mínima te daba cuatro voces y te empujaba, o te soltaba un capón. Estaba todo el día buscando una excusa para ponerse de mala hostia. Creo que hacían deliberadamente el papel de poli bueno y poli malo. El caso es que intentaban por todos los medios hablar contigo para convencerte de que fueras al siniestro Club. Me acuerdo de los dos encuentros más importantes que tuve con estos dos personajillos.

Mi tutor, que Alá guarde, concitó una cita con el cura bonachón. El encuentro fue de lo más surrealista. Me preguntó, sutilmente, la profesión de mi padre (mi madre también trabaja, pero eso lo obvió) y, como quedó muy satisfecho por la repuesta, me invitó a que lo trajera un día al colegio. Yo, como quiero mucho a mi padre, no iba a hacerle pasar por ese trance y pasé de decirle nada. Después me habló del Club Andévalo y le dije que a lo mejor en época de exámenes me pasaría, porque mi hermano pequeño muchas veces no me dejaba estudiar. Fui al Club. Como anticipo os diré que salí de allí con el Camino bajo el brazo (joder con la Santa Coacción, menos mal que no venden enciclopedias). Me dieron tanto el coñazo para que lo comprara que acabé cediendo solo para que me dejaran estudiar. Desde luego no me arrepiento, porque es el mejor libro de humor negro que se ha escrito nunca.

Después de darme la lata con el Club, me preguntó si tenía novia. Por aquel entonces acababa de dejarlo con una medio novieta que tenía y estaba libre como un taxi con la luz verde. Le dije que le había echado el ojo a una (que era verdad) y me preguntó si era piadosa. Yo contesté que sí (para que se callara). Me dijo “mira lo que vamos a hacer. Le voy a pedir al Santísimo que te salgan bien las cosas con esa chica. Después cuando te vea el lunes, te hago una señal, te guiño un ojo o lo que sea y tu me respondes y me dices que te ha salido bien”. A mi se me olvidó ese intento tan burdo de mezclar a Dios con mis necesidades erótico – festivas (que de eso se trataba) y el lunes de marras, en mitad del recreo, se me puso el cura al lado y empezó a guiñarme el ojo. Yo pensaba “¿qué le pasa al tío este?” y lo miraba extrañado. Él siguió a lo suyo, gesticulando, hasta que pensé que le iba a dar un ataque epiléptico. Entonces me acordé de la charla y le dije que no con la cabeza. Era verdad, no me había comido un colín con aquella chica. Me miró mal y se fue. Nunca más volvió a molestarme.

Con “El cura cabrón”, la cosa fue distinta. Estaba yo andando tranquilamente por el pasillo y se me acercó por detrás y me agarró por el cuello, para que no me fuera a escapar. “Nunca te confiesas conmigo, pero hoy va a ser una excepción”, me dijo en un tono que me dio un mal rollo tremendo. La confesión era tipo test, lo juro. No me preguntó qué hacía por los demás, si había sido bueno con mi familia y amigos, que era lo que siempre me decían los jesuitas. Fue de lo más absurdo, algo así:

– ¿Cuántas veces vas a misa a la semana?
– Una. (mentira cochina).
– ¿Por qué tan pocas?
– … ( Silencio culpable. ¿Tan pocas? Si supiera la verdad me inflaba a hostias, vaya carácter que tenía).
– Pues te quiero ver más por la capilla.
– Vale.
– ¿Masturbaciones?
– ¿Perdón?
– Sí, masturbaciones… a la semana.
– ¿A la semana? (qué fuerte era aquello, no sabía que había que llevar la cuenta).

Después empezó, en el mismo tono de, insisto, confesión tipo test, con preguntas de una sola palabra : ¿Revistas? ¿Vídeos?, etc, referidos siempre a su temido porno. Después más cosillas como ¿le metes mano a tu novia?, que me dejaron con una sensación de indignación difícil de explicar. Me daban ganas de saltar y decirle “padre, le meto mano lo que se deja y me lo paso estupendamente, el sexo no es algo sucio, es estupendo. Lo único malo del sexo es que se tiene cuando uno puede no cuando quiere”, pero, claro, como yo lo que quería era salir de allí cuanto antes y evitar ser portada de “El Caso” (” Estudiante de colegio del Opus se traga un extintor”), aguanté el chaparrón como pude y me fui a jugar al fútbol.

En fin, esa fue mi experiencia en el Entrepinos, los curas freakies, los retiros- excursiones, el bombardeo de ideas parafascistas y el culto a la personalidad (Mao, Stalin y el Reverendo Moon estarían orgullosos).

JUAN

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